Una confesión a esas alturas eran muy tardías, me había arriesgado mucho a creer que enamorarse era lo más lindo del mundo.
Se me hacía un nudo en la garganta al recordar que aquella noche había llegado a casa antes de lo esperado, con el maquillaje corrido y el vestido intacto, en definitiva esa fiesta para mí había sido un fracaso y con sus tres sílabas, fra-ca-so.
Al día siguiente mi padre cogió el teléfono dando la noticia a mi madre, su querida hija estaba de regreso y que el vuelo saldría en la mañana del siguiente día.
Una decisión algo apresurada pero no la menos indicada, huir de los problemas no era la mejor solución y las despedidas no eran lo mío, pero sabía que mi padre estaría bien, al fin y al cabo haber cargado conmigo cuatro años, era más que suficiente, aunque él dijera todo lo contrario.
Su nuevo compromiso era algo que me costaba asimilar y eso me servía de excusa ante mi repentina decisión de volver, sabía que era un golpe bajo por mi parte pero me veía obligada a lidiar con esa mentira, por otro lado estaban los constantes acosos telefónicos de mi madre que eran cosas de todos los días mientras vivía con mi padre y terminar con ello era una forma de quitarme un peso de encima.
Al hablar de mis padres, debo decir que al divorciarse no habían roto dramáticamente el lazo familiar tan enraizado entre los cuatro, ¿Los cuatro?, claro que sí, no olvido a mi hermano mayor Georg, quien a sus veintiún años, era un chico muy ocupado, vivía de la música, su vida era la música, ser miembro de una banda muy importante y famosa era un motivo para serlo ¿no?
Aunque los viajes y conciertos ocupaban gran espacio de su apretada agenda, pero el dedicarse por completo, su familia a nosotros no era misión imposible, algunas veces eran junto a mi madre y otras junto a nuestro padre, una situación algo difícil pero no inalcanzable.
No dudo en que nuestra infancia fue la mejor, estuvimos juntos en las buenas, como cuando conoció a los chicos de su banda y decidió emprender su carrera como artista, en las malas cuando mis padres decidieron que divorciarse era lo mejor.
En fin atrás quedaron aquellos recuerdos, las travesuras, los primeros cambios, una parte de nuestra vida….
En cuanto a mí, a mis diecisiete, estaba consciente que no era la misma de antes, de cierto modo me consideraba una chica afortunada, quizás cuando mi cuerpo experimentó la metamorfosis propia de la adolescencia ¿El resultado final?, pues estaba a gusto con ello.
Una prueba eran los chicos, que me miraban de forma bastante elocuente, como para comprender que a la hora de buscar novio mi problema iba ser el de elegir entre los que se ofrecían de voluntarios, lo cual me daba seguridad de mí misma y me ayudaba a ser simpática, ingeniosa y hasta un poco atrevida.
Pero a la hora de elegir lo había hecho a la deriva, me había enamorado del chico equivocado, aunque las leyes del amor dicen que uno no elige de quien enamorarse y ese tropiezo amoroso causó en mi el dolor de la desilusión, sin duda mi primer fracaso sentimental, y aquella fiesta de fin de curso marcó el inicio de algo nuevo, como tomar el primer vuelo de la mañana siguiente.

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