lunes, 20 de julio de 2009

CAPITULO_10_

La mitad del día fue de lo más tranquilo, el día anterior llegamos tarde, porque terminamos por ir a un club, recuerdo que estuvimos aburridos, sin embargo nos quedamos hasta un poco más de la media noche, y hoy no había muchos ánimos para salir, por lo que estuvimos en casa.

— ¿Podrías contestar el bendito móvil? —inquirió Georg, mosqueado, estaba muy atento a su programa favorito en la TV, y el sonido del móvil era cada vez más intolerable. — ¡Nessie es tu móvil!

— Rayos —susurré —voy…

Estaba paralizada frente al ordenador, era inusual estar tan centrada en un simple juego de autos de carrera, pero una llamada esperaba.

—Georg, ¿podrías bajar el volumen? —le pedí mientras iba por el móvil.

— Podrías ir a otro lado —me sugirió, sin tan siquiera despegar los ojos del televisor.

Cogí el móvil, anteponiéndome entre el televisor y Georg, lo cual indujo a que mi hermano bajara el volumen.—Esta bien —masculló.

—Olvídalo —respondí y salí fuera de la sala, rumbo a la cocina.

— ¿Si? —contesté, abriendo ligeramente el frigorífico.

No se oía nada, y el silencio se prolongaba. — ¿Hola? —busqué con la mirada algo de comer, y sólo encontré galletas —Genial, ¿nadie va responder? —y me llevé una a la boca, mirando la pantalla del móvil, pero era un número privado —lo que me faltaba, un don nadie llamando.

—Vanessa…

Respondió al fin, y el corazón me empezó a latir descompasadamente, por aquella voz que hablaba del otro lado, la conocía perfectamente, y tan solo oírla casi había provocado que muriera atragantada.

— ¿Estas bien? —preguntó preocupado.

—Un momento…—dije con voz inaudible y con la cara roja.

Busqué rápidamente un pack con jugo, y de un trago, bebí casi la mitad del contenido, y volví el móvil para responder.

—Lo siento, no quise matarte del susto —se adelantó a decir.

— ¿Cómo conseguiste mi número? —pregunté precipitadamente, sin tan siquiera aceptar sus disculpas, mi voz sonaba patética.

— Por favor tienes que escucharme…

—No quiero hacerlo —Interrumpí —Voy a colgar.

—Te amo. —colgué.

Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos, sin que pudiera contenerlas, busqué apoyo en la pared y me dejé caer al piso, tratando de amortiguar mis sollozos, que se hacían más sonoros.

—Yo también —balbuceé llorando profusamente.

Los recuerdos vinieron a mi mente, uno tras otro, se fueron acomodando en esa herida que aún parecía estar abierta, y las lágrimas no cesaban, por el contrario, caían más y más.

¿Por qué las cosas tenían que ser así? ¿Por qué él tenía que volver? ¿Por qué no podía olvidarlo? ¿Por qué todavía lo quería? ¿Por qué me había mentido todo ese tiempo?

Oí que alguien se asomaba a paso lento hacia la cocina, y limpié apresuradamente mis lágrimas, y en milésimas de segundo hice el intento por reponerme, pero parecía ser imposible.

— ¿Pasa algo? —preguntó mi madre, que acababa de llegar.

—Si, si…si —respondí atropelladamente.

—Cariño, estabas llorando…

Se inclinó para consolarme, no sabía si romper a llorar de nuevo o decir que no pasaba nada, que sólo era un ataque sentimental, pero opté por mentir, sino me costaría dar explicaciones de lo sucedido.

—Es sólo que casi muero atragantada con las galletas —no era mentira después de todo.

—Dios mío, ten cuidado —dijo levantándome — ¿Estás bien?

—Ahora si, tomé una buena cantidad de jugo de naranja.

—Creo que esas galletas están pasadas.

—Si eso era, sabían horrible —me justifiqué, y el rostro de preocupación de mi madre, desapareció, tornándose tierna.

— ¿Deseas que vayamos de compras?—sugirió —Quizás compremos galletas y chocolates.

— ¡buena idea! —dije con fingido entusiasmo.

Georg se animó a salir con nosotras.

— Confieso, no me gusta estar de chofer, pero tratándose de dos lindas damas, no puedo negarme —susurró él mientras manejaba.

—Cariño, es por la derecha —le dirigió mi madre —Hay una tienda de chocolates.

— ¡Bleh!, admite que no te gusta estar sólo en casa —le refuté.

— ¿Chocolates? —Preguntó Georg, extrañado — ¿Salí para ir a una tienda de chocolates?

—de galletas también —añadí.

—que aburrido —murmuró Georg.

— ¿Sugieres algo? —inquirió mi madre, no conforme.

— No sé, al cine quizás…

— La idea no está mal del todo —aceptó ella, convencida.

No me opuse, ir al cine o a la China me daba lo mismo, estaba ensimismada en la reciente llamada, mi mente sólo tenía cabida a planes para ver la forma de quitarme aquella aflicción.

— ¿Qué dices Nessie?

Podía haber dicho, me da igual, pero eso sería dar un golpe bajo, y echar a la borda aquel entusiasmo de mi madre.

—Que sea una de acción.

—Estamos de acuerdo.

Mi madre fue por palomitas de maíz, mientras mi hermano y yo la esperábamos, no había mucho movimiento, para el alivio de Georg, y de pronto el móvil volvió a repiquetear, me volví fría, era él.

— ¿No respondes? —inquirió Georg.

—Eh si…— estaba temblando, y sin mirar la pantalla, ignoré la llamada, pero volvió a timbrar.

—Bueno, ¡lo hago yo!— me arrebató mi móvil.

— ¡Georg devuélveme el móvil!

Me fui encima para quitarle, pero me fue inútil.

— ¿Hola? —contestó él.

Sentí que me ponía pálida.

No hay comentarios: