lunes, 23 de noviembre de 2009

Capitulo _31_

— ¿Confías en mí? —me aventuré a preguntarle.
— ¿Debería? —replicó irónicamente. —Te veo besándote con mi hermano ¿Y me preguntas si confío en ti?...lo que me faltaba.

Puse los ojos en blanco y ladeé el rostro.

—Bien, creo que me voy a dormir, no tengo ganas de discutir Tom. —suspiré. — ¿Podrías apartarte?
—Son pocas las veces que pierdo la paciencia, no hagas que la pierda ahora.
—O vamos quiero ver qué hace Tom Kaulitz cuando pierde la paciencia. —le reté.

Apretó los puños y apoyó con fuerza hacia la pared.

—Quiero una explicación… —musitó, acercando sus labios a una distancia corta de los míos, lo sentí tan cerca, que su aliento envolvía mi rostro.
—Sólo responde Tom… ¿Confías en mí? —pregunté, en voz baja.

Levantó la mirada, para encontrarse con la mía.

—Quiero confiar en ti, pero…
—Tom…una respuesta.
—Si —admitió, entrecerrando los ojos y deslizando una de sus manos por el contorno de mi cintura. —confío en ti.
—Entonces no quieras oír explicaciones —le pedí —Te quiero a ti.

Y adosé mis labios a los de él, dándole un pequeño beso.

—Te veo en el elevador. —dije, antes de regresar al interior del casino.
—Sólo espero que si encuentras a Bill —hizo una pausa y sonrió —evita besarlo.
—No te salvas del mismo consejo cariño —di la vuelta.

Tom era todo lo que deseaba y no quería que nada ni nadie se interpusiera en nuestro camino, no si yo lo permitía.
Me uní a los demás que rodeaban la mesa de juegos, incluyendo a Bill. Pasé de él como si no existiera y él hizo lo mismo conmigo, tenía una conversación pendiente con él, pero no era el momento. Simulando interés jugué unas cuantas rondas de juegos de mesa, e instantes después desaparecí fingiendo cansancio, echando discretamente un guiño a Yun Sun, Gustav la sostenía por la cintura, lo que indicaba que estaban a gusto.
Salí sin contratiempos y me detuve frente al elevador, presionando el botoncillo, la puerta se abrió enseguida, mientras recorrí lentamente el rostro de quien esperaba dentro.

— ¿Me esperabas? —pregunté. La puerta cerró a mis espaldas.
—Con impaciencia —me asedió contra una esquina y presionó sus labios a los míos.

Deslicé lentamente mi pierna entre las suyas, mientras el descendía una de sus manos por el contorno de mi cintura, hasta encontrarse con el borde de mi vestido y lo subía gradualmente.

—Alguien está impaciente —comenté deslizando mi mano por encima de su cremallera.
— ¿impaciente? —rió.

Las puertas del ascensor abrieron en el piso indicado, sin apartar sus manos de mi cintura me llevó a su habitación, las lámparas que reposaban a los extremos de la cama, la iluminaban tenuemente.

—Me encanta tu vestido —susurró, tomando mis manos y llevándolas a su cuello, al tiempo que las paseaba por mi espalda buscando el pequeño cierre y abriéndolo lentamente.
—Fue por una noche muy especial.
—Lástima que termine en el suelo.
—Lástima —repetí con voz suave.

Buscó mis labios, besándome con delicadeza, correspondí a sus caricias mansamente, mientras avanzaba lentamente hacia la cama. Llegado un momento tomó los tirantes de mi vestido llevándolo por mis hombros y dejándolos caer, entrecerré los ojos al sentir rozar sus manos por cada espacio de mi piel, al tiempo que el vestido se desplomaba sobre el suelo, y Tom me vencía sobre aquella cama.
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La luz iluminó a través de la gran ventana que daba hacia el exterior, y entreabrí los ojos pesadamente. Evité no revolverme al notar que Tom permanecía dormido.
Me quedé fascinada contemplándolo, me apeteció deslizar mi dedo por encima de su torso, que permanecía desnudo. Las sábanas le cubrían escasamente hasta las caderas, dejando entrever su abdomen levemente pronunciado.
Hizo un pequeño movimiento, ante aquella caricia, y ronroneó frases poco entendibles, a las cuales no presté interés, porque sus brazos me envolvieron oprimiéndome contra él. Rodeé mis brazos a su cintura, dejando un suave beso sobre su pecho.

— ¿Estás despierta? —Preguntó de repente, acariciando mi cabello.
—Desde hace poco —admití. Se volvió hacia mi lado con un ligero movimiento, poniéndose de costado.
— Creo que amaneciste bien —musitó.
—Muy, muy bien —respondí contenta, al estar brazada a él, y sentir el calor de su cuerpo desnudo junto al mío.
—Mi amiga Nessie… —dijo entre susurros.
— ¿Amiga? —Repliqué —Los amigos no hacen lo que nosotros hicimos...
—O claro que no, lo que hicimos —pensó —sólo lo hacen dos personas que se desean…
—Lo mío no es sólo deseo —añadí —es algo que va más allá…
—Lamentablemente yo no sé qué siento por ella —me quedé pensativa, al escucharlo —sólo sé que la necesito, y esa necesidad se impone a todo deseo.
—Creo que eres dependiente de ella.
—Muy dependiente —completó — Vaya, que triste, dejamos de ser amigos ¿no?

Me encogí de hombros.

—Creo que si —respondí con una amplia sonrisa —Dejamos de ser amigos.
—No parece afectarte la idea.
—En realidad no, la idea me parece genial. —Delineé con mis dedos dibujos sobre su pecho — ¿a ti no?
—Pensándolo bien —levantó mi barbilla, para que lo mirase —No quiero que seas mi amiga.

Desplazó sus labios por mi cuello, y se encontró con mis labios.

—Eres mía. —afirmó.

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