Exclamé asustada, Georg se había aparecido de repente, y no sabía cómo explicar las circunstancias en las que estábamos Tom y yo.
— ¿nosotros? —repitió Tom, con tono titubeante.
Noté cómo su rostro se tensaba, sin saber qué decir, me puse de espaldas a él, y distinguí cómo Georg fruncía las cejas.
—Si ustedes. —espetó cruzando los brazos. —y no me miren como si vieran un espectro.
—Es que apareciéndote así de repente, lo pareces ¡hobbit!
—La verdad es que…si—murmuré con risa contenida y me quedé pensando en una respuesta ¿Y qué mejor que la verdad? , después de todo decir la verdad le daría a pensar lo contrario, ese siempre había sido un buen ardid, y tenía la seguridad que funcionaría —Besé a Tom y terminé mordiendo sus labios. ¿Qué tal?
Tom jadeó sorprendido.
— ¿Besaste a Tom? —Replicó Georg, echando a reír — ¡bah!
—Y bueno el pobre tiene los labios hinchados —dije con una amplia sonrisa — ¿Sabes, dónde está la cajita de primeros auxilios?
—No creo que sea para tanto…
—No se nota mucho —comentó Georg, echando una mirada rápida al semblante pálido de Tom — ¿No te atreviste a besar a mi hermana verdad? — se cercioró con tono amenazante.
—O claro que no —negó Tom —Sólo pegué las narices a la puerta.
—Felizmente no tiré con fuerza —añadí, guiñándole el ojo.
—Felizmente…
—Aha —murmuró Georg. —Por cierto Tom, hace un rato querías decirme algo.
—Se me olvidó. —respondió concluyentemente.
—A ti se te olvida todo —protestó mi hermano, restando importancia al tema. — ¿Gustav y Bill?
—Bill viene dentro de un momento, y por Gustav no sé.
—Debe estar con Yun Sun, en algún rincón del hotel —comenté haciendo una mueca —mejor voy por la cajita de primeros auxilios, que los labios de Tom no se ven apetecibles —mandé un beso disimulado a Tom, y me correspondió con una sonrisa.
Me alejé entre risas buscando el equipo de primeros auxilios, con el fin de ganar tiempo, los labios de Tom siempre se veían apetecibles. Sabía muy dentro de mis habilidades para mentir, pero también sabía que Georg no tenía ni un pelo de tonto, y lo mío con Tom no iba permanecer a ocultas por mucho tiempo, y esta vez me había arriesgado mucho.
Por otro lado una mezcla de emociones se apoderaban de mí, la primera, se llamaba Bill ¿Cómo es que había cambiado tanto?, ¿Cómo es que en poco tiempo había conseguido que lo detestara como lo hacía?
La segunda…Bill, no podía pasar de él, porque siempre iba estar allí, aunque no entendía sus razones, me había lastimado lo suficiente como para tener consideraciones con él.
Y la tercera ¡Bill!, no soportaba verlo tan distante de mí, su indiferencia me dolía, y quiera o no, una parte de mí se negaba a dejarlo.
Alguien interrumpió mis pensamientos, asomándose con pasos seguros hacia mi dirección, giré la mirada hacia ese alguien y no pude evitar expulsar su nombre a duras penas.
— Bill…
— ¿Buscabas esto? —preguntó extendiendo un pequeño paquete.
—Si —admití, con voz opaca—Pero creo que ya no es necesario.
—bueno, si así lo quieres. —dijo, encogiéndose de hombros.
—De todas maneras, gracias —le tendí una mirada fría, a la cual el también correspondió de la misma forma. —Creo que iré por algo de comer.
Y me alejé hacia el pequeño kitchen que se ubicaba detrás del mini estar. Saqué del interior una pequeña lata de durazno, junto a un abrelatas, tan siquiera entendía por qué lo hacía, si no tenía una pizca de hambre, pero cualquier excusa, era una buena idea para alejarme de Bill.
Encajé el pequeño objeto sobre la lata de durazno y no parecía querer abrir, por lo que le di con más fuerza, y el abrelatas se desvió hacia mi mano.
— ¡Auuu! —gemí, al sentir un dolor agudo zigzaguear la palma de mi mano.
Inmediatamente la sangre empezó a surgir a borbotones sin que pudiera contenerla.
—Mierda, mierda…mierda —me lamenté, buscando una servilleta desechable para cubrir la herida.
Caminé apresuradamente hacia el saloncito, el equipo de primeros auxilios tenía que seguir ahí, peor no me imaginé que Bill también.
— ¿Y el equipo de primeros auxilios? —pregunté serena, escondiendo mi mano herida, por detrás de mi espalda.
— ¿Es que ahora lo necesitas? —respondió él, con ironía.
— ¿Me dirás?
—Aquí está —dijo, extendiendo el pequeño paquete.
—Gracias —alargué el brazo para recibirle, pero logró coger mi mano y tirar de mí, hacia delante.
— ¡No! —Chillé —Estoy bien…
—O vamos deja ver —insistió, tomando mi mano herida —No se ve bien —comentó, examinando con cuidado, de pronto su rostro se tornó preocupado.
—Puedo sola. —repuse, y él puso los ojos en blanco, y me acomodó sobre uno de los muebles. — ¿Qué haces?
Retiró cuidadosamente la servilleta empeñada de sangre, y la depositó sin problemas en el tacho de basura, enseguida se acercó con alcohol y una gasa estéril entre las manos. —Genial, que atento…
—Arderá un poco —me previno, desinfectando la herida, torcí el rostro al sentir el contacto. — ¿Duele?
—Un poco —acepté, intentando ser fuerte.
Lo observé mientras deslizaba con sutileza la venda adhesiva sobre la herida, no parecía molestarle en absoluto hacer aquel trabajo.
— ¿Por qué lo haces? —pregunté.
—Si estuviera en tus condiciones, creo que también harías lo mismo. —respondió, alzando la mirada.
Me incomodó la forma en que sus ojos penetraban los míos, su mirada no era la de antes, definitivamente no.
—No me refiero a esto —le indiqué levantando mi mano —Me refiero a ti.
— Estoy bien—respondió fríamente, levantándose indiferente y dándome la espalda.
—No entiendo por qué te pregunto esto —rezongué enfadada, quitando la venda adhesiva de la herida. Oprimí los ojos aguantando el dolor.
— ¿Estas loca? —Me objetó tomando mi mano — ¿Por qué lo hiciste?
—Eres un comediante.
—No ganas nada siendo masoquista.
— ¡Mira quién me lo dice! —le lancé. — ¿Te divierte fingir conmigo? ¿Eh?
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