—Uf, por fin… —comenté dispuesta a abrir los ojos.
—Un momento, no te di permiso de abrir.
— ¿Qué te traes eh? —Pregunté, dejándome guiar por él — ¿Me vas a secuestrar? ¡Ah! Lo debí pensar antes… ¡oh! Un asesino en serie.
— Que imaginativa… —me indicó, echando a reír.
Habló en susurros con alguien, una recepcionista pensé, y continuamos con el recorrido, un lugar, que según mis percepciones era cerrado.
Después el sonido típico cuando se ingresa a un elevador.
— Mmm estamos de subida —murmuré — ¿Me lanzaras de un décimo piso?
—No creo que un asesino en serie sea tan obvio de aventar a su víctima de un décimo piso. —respondió, apretándome contra él. —de un ochentavo piso quizás…
Oh, un edificio de ochenta pisos, ni en mis peores pesadillas, claro que no.
El tiempo pasaba y el elevador continuaba en ascenso, y ya empezaba a resoplar ¿Cuántos pisos ya habíamos subido? había perdido la cuenta.
—Tom, conté y ya pasaron más de cincuenta plantas. —dije en son de broma.
—Que lista ¿eh?
Y ¡Tin! La puerta se abrió, percibí que el espacio se iluminaba a medida que avanzábamos.
— ¿Lista? —me previno, rodeándome con sus brazos por detrás mío.
Me aferré a sus brazos y tomé sus manos, apretándolas con fuerza.
—Lista —confirmé.
Entreabrí los ojos lentamente, no lo podía creer, una sensación aplastante dominaba mi pecho, simplemente era increíble.
— ¡Me meo del miedo! —chillé, escondiendo mi rostro en el pecho de Tom.
—Oh vaya que momento romántico —rió, sin dejar de abrazarme — ¿Miedo a las alturas?
—Desde siempre —admití.
—Haremos algo…—negué con la cabeza. —confía en mí.
Me tomó de los brazos, girándome lentamente hacia delante, dejé que lo hiciera mansamente.
—Sólo mira…
Le hice caso y miré hacia el horizonte lentamente, quedándome maravillada. Mientras no desviara la vista hacia abajo no había ningún problema… ¿Por qué hago esto? —me pregunté, desconfiada de mí misma.
—Yo…—balbuceé —Le tengo pánico a las alturas.
—Lo sé —susurró, a mi oído con voz melodiosa —A estas alturas creo que yo tengo un miedo también, el peor de mis miedos diría yo.
— ¿Miedos, tú ?... vamos que aquí no hay tiburones —reí.
—Tiburones —bufó
Me instó a avanzar a pasos lentos hacia el balconcillo, protegido por ventanas de vidrio, que daba hacia el exterior, hacia mis miedos. No me imaginé terminar en un edifico de más de setenta pisos, los evitaba, pero esta vez lo estaba, sólo que mis miedos se amilanaban porque estaba él…Tom.
Recorrí lentamente el espectáculo que se habría ante mis ojos, una vista espectacular de toda la ciudad, me sentía pequeña, muy pequeña.
—Es muy especial —susurré, aún maravillada.
— An affair to remember…
— Aun no entiendo qué tiene que ver aquella película
—Los protagonistas se dieron cita en este preciso lugar… el Empire State Building ¿No es romántico? —miré sus ojos, contemplar el horizonte.
—Muy romántico. —Repetí — ¿Le tenían miedo a las alturas?
—Creo que no.
—O vaya…
—La película tiene una trama muy triste. —suspiró, melancólicamente.
—Pero no es nuestro caso.
—O claro que no —rió —Me cercioré de que estuvieras conmigo, lo cual no sucede en aquella película, porque ella nunca llega a la cita.
—Que triste.
—Pero no fue eso lo que me animó a traerte aquí —comentó, tomando mis manos. —cierra los ojos.
Esta vez, los cerré sin rechistar y esperé.
— ¿Quieres saber cuál es el peor de mis miedos? —preguntó, con voz cálida.
—Bueno tú sabes el mío y sacaste provecho de ello, creo que también puedo hacer lo mismo —dije, delineando una sonrisa maliciosa.
—Te doy todo el derecho.
—Que miedo…
—Aquí va…—susurró, inspirando hondo, pude sentir su aliento envolver mi cabello — El peor de mis miedos es…que el tiempo pase y no me de la oportunidad de decir “te amo”.
No podía evitar que el borde de mis ojos se humedeciera, tantas emociones no cabían en mí. Mis fuerzas se volvieron nulas y me sentí vulnerable en sus brazos, por primera vez…te amo.
— ¿Dime qué piensas? —preguntó, girándome hacia él.
—Que me trajiste hasta uno de los edificios más altos de la ciudad, alejándome de todo cuanto está abajo, para decirme por primera vez… Te amo—susurré, aún sin mirarle, reprimía las pequeñas lágrimas de felicidad.
—No será la primera vez que lo haga —añadió, levantando ligeramente mi barbilla. —Necesito saber si también sientes lo mismo.
¿Por qué lo preguntaba?, si le había dado una clara muestra de mi amor, o quizás no era ¿suficiente?
— ¿Vanessa? —me sacudió ligeramente, sacándome de mi estado de sopor.
Miré fijamente sus ojos, en los cuales era inevitable perderse, los adoraba y a él…
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