—Sabes, yo también tengo miedo, que el tiempo pase y no pueda decirte…Te amo también.
Esta vez, mis ojos le buscaron los suyos, con la intención de confirmar que mis labios no mentían, lo amaba.
—Lo necesitaba escuchar —susurró, enmarcando mi rostro con la calidez de sus manos.
—Llevaba tiempo, queriéndolo hacer.
— ¿Y por qué no lo hiciste?
—Quería que lo hicieras tú primero. —apunté, sonriendo.
—Orgullosa —respondió, examinando con la mirada mis labios, muy dentro me moría por que sus labios oprimieran los míos.
—Tom, estás demorando mucho.
Desprendió una risita y humedeció lentamente mis labios, tal parecía que lo hacía con infinita delicadeza, como si me fuera a quebrar.
Suspiré entusiasmada, mientras volvía a besarme una y otra vez, —Sus labios —exquisitamente apetecibles, mientras sus manos, se afirmaban por mi talle, y por dentro mío, el corazón que latía intensamente Pum Pum…
Algunas veces, por no decir, muchas veces, en el pasado había dicho Te amo —que equivocada estaba…Pierre —muy equivocada definitivamente, pero esta vez tenía la certeza que el corazón no estaba equivocado, ni mentía, estaba enamorada de Tom, el responsable de mis suspiros.
—Tom…Siente. —llevé una de las palmas de sus manos hacia mi pecho.
Delineó una O, con sus labios de una forma graciosa. —tus pechos. —Puse los ojos en blanco.
—Tonto.
—Bueno, puedo sentir el latido de tu corazón…en tu pecho.
—Late fuerte.
—Muy fuerte, y no exagero. —Añadió — ¿Algún problema cardíaco señorita?
—si creo que sí —admití, con tono doliente.
— ¿Causas?
—Mal de amores —vacilé —quizás no sea tan malo, después de todo.
— ¿Desea acusar a algún sujeto de su mal de amores?
—Si, un tipo de cuyos ojos es difícil desprenderse, al igual que sus labios, porque son como la miel…y sus besos mi locura.
— ¿Dice que sus besos, la vuelven loca?
—Loquita.
—O mire usted, nos encontramos ante una chica peligrosa, porque sufre mal de amores y además esta desequilibrada.
— ¿Triste no?
—Muy triste —repitió — ¿y cuáles son sus Síntomas?
—Desear, querer, amar a…Tom Kaulitz.
—Un caso perdido definitivamente. —me informó, acariciando su barbilla.
— ¿Y crees que haya posibilidades de cura? —pregunté con esperanza fingida.
—Creo que ese tipo de enfermedades carecen de cura.
—oh…
—Sólo hay una forma de mantenerse con vida ¿Lo sabía?
— ¿Así?... bueno al menos una esperanza, peor es morir de amor.
—Si —sonrió maliciosamente —Una buena dosis de besos, las veinticuatro horas del día, y entregarse por completo a la enfermedad.
—Entonces, no queda más remedio, que cumplir la receta al pie de la letra.
—exacto.
—Eres mi enfermedad Tom Kaulitz —le indiqué, rodeando mis brazos a su cuello —Y mis esperanzas mueren si tú no estás.
—Shhh —deslizó la yema de sus dedos por mis labios —No digas eso, que mi esperanza eres tú.
De pronto la nostalgia me embargaba, sin razón alguna, estaba muy a gusto a su lado, pero no entendía el porqué, quizás era el echo de pensar en un futuro sin él. Moví la cabeza, en señal de negación, no lo quería imaginar.
— ¿Pasa algo? —me pregunto
—Nada, Tom…nada.
—Bien, quizás a la señorita le apetezca hacer algo más.
—Estar a tu lado —respondí inmediatamente.
—Lo estás. —rió.
—Junto a ti, calentita.
—concedido princesa.
Descendimos de aquel gran edificio, después de esperar que la noche nos cubriera, una tarde especial.
Al llegar al hotel, cada quien tomó un tiempo diferente para no dar lugar a sospechas, porque encontrarme con Georg o alguien más era incitar más sospechas y no quería que fuese así. —precauciones.
—Georg…genial —mascullé al distinguir su silueta al fondo del pasillo, justo cuando le iba dar vuelta al pestillo de la puerta, la de Tom, al fin y al cabo ahora era habitación compartida ¿no?
Que mala estrella.
—Pensé que tu habitación era la del costado —dijo Georg, presumiendo un gran signo de interrogación, por encima de su cabeza.
—Oh claro —hice una mueca tonta, disimulando semejante metida de pata. —Que distraída…—Arrastré los pies hacia mi muerta pero Georg seguía sin moverse… —¿sucede algo?
—Yun Sun me dijo que no bajarías al bar del hotel porque estabas cansada ¿Te sientes bien? —preguntó mi hermano, con cara de preocupación, pero estaba perfectamente.
—O si, claro que si, un ligero dolor de cabeza —mentí, reprimiendo una risita, porque Georg tenía me miraba con compasión.
—Pobrecilla —susurró —Y yo que quería presentarte al primo de Dave.
— No sabía que tenía primos aquí.
—Si, también está de visita y es una coincidencia que esté en este mismo hotel, el tipo me cae bien.
—O eso está bien —sonreí —Supongo que las presentaciones pueden esperar ¿no?
—Claro, claro, vamos anda descansa,
—Gracias —le dediqué una última sonrisa, y lo despedí con las manos.
Raro, muy raro, Georg queriéndome presentar al primo de Dave, para lo que me importaba…
—Ejem —se aclaró alguien la garganta, y giré para verlo. ¿No hay moros en la costa? —preguntó, garantizándose que nadie estuviera en el pasillo.
—Nadie —Lo empujé, hacia la habitación, cerrando la puerta a nuestras espaldas.
Quité prestamente su camiseta, y él no perdía tiempo con la mía. Finalmente lo había conseguido, estar junto a él, calentita.
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