Estudié su rostro por un instante y me atreví a formular la pregunta más importante.
— ¿Y si así fuera qué? —le reté.
Tan sólo desvió la vista y pasó de mi lado.
—Si no te importa, voy a descansar un poco —dijo, dejando aquella interrogante en el aire.
— ¿Tom? —Inquirí irritada — ¡Tom, te estoy hablando! —chillé, y no se inmutó.
Cogí lo primero que encontré a la mano —una toalla —y se la aventé con rabia contenida hasta aquel instante.
Se giró hacia mí y se inclinó para recoger la toalla, lo miré con ira, mientras permanecía inmóvil.
— ¿No querrás precipitarte con algo más? —preguntó, alzando la vista.
— ¡Claro! —reí irónicamente y sin pensármelo dos veces, le arrojé encima la pila de toallas que reposaban sobre el mueble.
Se acercó hacia mí, escudándose con las manos de la guerra de toallas. Retrocedí desconfiada al ver que venía decidido, pero fue más listo y me levantó por la cintura, hacia su espalda, hice lo posible por desbaratarme de sus manos, pero fue inútil.
— ¡Tom, eres un idiota! —gruñí, golpeando su espalda con las manos y haciendo pataletas.
—No dices lo mismo, cuando estamos en la cama —respondió.
Me tumbó encima de la cama sin contemplaciones, y pataleé con más ganas, con intenciones de hacerle daño pero me imposibilitó con más fuerza, agarrándome de las muñecas, y poniendo sus piernas entre las mías, impidiendo cualquier otro movimiento.
— ¡Si, serás bruto Tom! —me quejé, furiosa y él empezó a reír a carcajada limpia.
—Te ves tan linda cuando estás enfadada…
Ladeé el rostro.
—Gracias.
— ¿Gracias? —me sorprendí.
Y recorrió con sus labios mi cuello, me revolví una vez más, batallando contra él, que aún seguía ejerciendo fuerza sobre mí, pero siguió paseando frescamente su boca por encima de mi pecho. Esperé, hasta que me sujetaba con menos fuerza, y así lo hizo.
—Tom… —suspiré de pronto, algo que me tomó por sorpresa.
Un suspiro que surgió sin que yo lo consintiera.
—Shhh —me silenció, con un beso. Entrecerré los ojos, al sentir sus labios, que luego descendieron hasta mi cuello con suaves besos.
Mi rabia se disipaba a medida que sus labios hacían contacto por cada milímetro de mi piel.
Entrelacé mis manos a las de él, en señal de derrota.
—Remedio garantizado contra los malos entendidos. —comentó triunfante.
—Quizás.
Respiré hondo, y enredé mis dedos en sus densas rastas, atrayéndolo hacia mí, con intenciones de buscar sus labios una vez más. Rodé sobre la cama y me ubiqué encima de él, e instintivamente paseó sus manos por el muslo de mis piernas hasta subir a mi cintura.
— ¿Tom? —pregunté, distanciándome unos centímetros de él.
—Dime, princesa…
—Yo te quiero a ti.
—Hablaré con Bill, cuando este viaje haya terminado ¿Te parece? —asentí. —No puedo estar bien, si él no lo está.
Tom, prometió intervenir al respecto, Bill no solo era su hermano, era su gemelo, y si él estaba bien, Tom también lo estaba.
Los acompañe en casi todo lo que quedaba la semana antes de volver a Alemania, junto a Yun Sun. Los días transcurrieron en sesiones fotográficas, entrevistas, y contratos por aquí y allá, con gente de las que desconocía por completo.
Georg arqueaba las cejas, las veces que Tom, se aproximaba a mí, en plan de juego.
— Como, que se les da por jugar mucho ¿no? —curioseaba él, con expresión insinuante.
—Ideas tuyas Hobbit —respondía Tom, restándole importancia.
Esquivaba a Bill, las veces que podía, aunque a él, no parecía importarle, o talvéz fingía bien. El hecho de saber que aparentemente estaba enamorado de mí, me impedía seguir hablándole con naturalidad, sin que me sintiera incómoda, y no tenía el valor para preguntarle si era cierto, porque temía por la respuesta. En otras ocasiones sentía deseos de estar a su lado, como aquella vez…
—No puedes evitarlo, así por así —trataba de razonar conmigo, Yun Sun, quien estaba al tanto de todo, y era una intermediaria entre Bill y yo, cada vez que no tenía la valentía para decirle algo a Bill.
—No lo sé, pero ahora es más difícil que nunca estar al lado de Bill. —respondía, amargamente.
Tom y Bill, no podían estar distantes por mucho tiempo, sin que uno tratara de acercarse al otro, y eso era inevitable, juntos, como las dos caras de una sola moneda, iguales, pero a la vez muy diferentes, y aunque sus destinos estaban encaminados hacia un mismo rumbo, allí estaba yo.
Era un día viernes, y apenas faltaban menos de una media hora para tomar el vuelo, de regreso a Alemania, y mientras tanto en el ambiente de espera discutía con Yun Sun y Gustav sobre el clima, instantes después Bill tomó el asiento de mi lado, sólo le veía de reojo, y permanecía ensimismada pensando en las veces que se mostraba descortés conmigo, negando que yo le gustaba.
Quizás era todo lo contrario —me respondía a mi misma —Es un idiota, un presumido, engreído, si eso es lo que es…
— ¿Vanessa? —escuché decir a Bill.
— ¿Eh?
—Es hora de embarcar.
—ah, si claro.
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