jueves, 24 de diciembre de 2009

CAPITULO_50_

Aquella noche pillé un resfriado, y mi madre se empeñó en mantenerme en cautiverio hasta que estuviese bien. Me vi obligada a hacerlo, porque no había fuerza en el mundo que pudiera convencerla de lo contrario.

—Gracias Bill —refunfuñada cada vez que estornudaba. —Esta te la debo a ti.

Pero me consolaba saber que el también estaba en condiciones similares a la mía —En cautiverio —Así que de alguna u otra manera estábamos a mano ¿no?

Para fortuna mía y para sorpresa de los demás, me recuperé en el tiempo récord de dos días. —Error—Si pensaba que saldría de casa y hacer lo que se me viniese en gana.
Olvidé que mi madre había adelantado sus vacaciones para dedicarse por completo a los preparativos de mi boda, en especial en la búsqueda del vestido que llevaría aquel día.
Me llevó a recorrer las principales tiendas y terminé probándome medio centenar de vestidos, además de ello me vi sometida a otras torturas pre-matrimoniales.
Sin darme cuenta aquella responsabilidad había absorbido gran parte de mi tiempo y sólo faltaban ocho días, y a consecuencia de ello no veía a Tom, y me parecía injusto conformarme con oír su voz desde el otro lado del teléfono. Así que el deseo de tenerlo cerca se convertía en una necesidad imperiosa.

—Tendrán todo el tiempo del mundo para estar juntos y verse las caras—solía repetirme mi madre. —Nessie dime si olvidé algún detalle…
—Mamá hay gente que está encargada de eso, y creo que exageras…—replicaba — ¿Es necesario todo esto?
—Es tu boda cariño, y todo tiene que salir perfecto.

Por otro lado envidiaba a Georg, que acostumbraba estar frente al televisor, disfrutando de los campeonatos de soccer, o circuitos de autos de carrera sin ningún peso encima, más que el de su propio cuerpo.

Si esto seguía así terminaría por echarme atrás con los preparativos y ese “día” tan esperado, hasta el pastel de bodas sabría a mierda, y antes que esa idea fulgurante se hiciese realidad una llamada divina me hizo desistir de estropear el pastel.
Este tipo de milagros eran los que te salvaban de morir, literalmente hablando.

—Tengo que verte. —dijo Tom desde el otro lado de la línea.

¿Era una idea? O quizás la necesidad imperiosa de estar junto a mí, había colmado el vaso, al igual que a mí.

—Yo también —susurré con tono compungido.
—Estoy en tu puerta.
— ¡¿Eh?!

No tuvimos en destino específico en cuanto decidimos escapar de la responsabilidad a la que había conducido nuestro compromiso, y por alguna razón estábamos de desapercibidos en el estacionamiento de un gran centro comercial, y dentro de los confortables asientos de su auto.

— ¿Tenías idea alguna de dónde íbamos huir? —musité, descansando sobre su pecho, mientras sus manos paseaban suavemente por mi cabello.
Me sentía como una gatita recibiendo mimos.

No era una queja y menos un reproche, de hecho el escenario importaba poco, pero deseaba escuchar el porqué.

—Tenía que verte como fuera y cogí el móvil sin pensarlo dos veces. —susurró.

Alzó mi mano en la que reposaba mi anillo, y la acarició tiernamente. Imaginé su rostro contemplándola.

—Los días se me hicieron largos —continuó, dejando escapar un leve suspiro que envolvió mi cabello.
—También para mí —repuse —Mamá se impuso llevarme por tiendas y tiendas de vestidos ¿y sabes qué es lo peor?
—…
—Que todos estaban horribles para mi gusto.

Rió por encima de mi cabeza y me levanté de forma pausada para mirarle, su rostro resplandecía en una sonrisa.

—No me parece gracioso Tom —repuse, haciendo una mueca.
—Es sólo que —hizo una pausa y rió para sus adentros, como si hiciera un esfuerzo sobrehumano para contender una carcajada —Te imaginé sin vestido.
—Ah... —caí en la cuenta de su pervertida broma y me crucé de brazos.

Tom reía mientras observaba los mohines de disgusto que formaba con los labios, y seguidamente desenlazó mis brazos y llevó una de mis manos a su pecho. Sentí el latido de su corazón contra mi palma.

— ¿A qué no sabes por quién late así? —preguntó, son tono meloso y tierno, que hacía que un cosquilleo recorriera cada milímetro de mi cuerpo.
—No lo sé, pero quisiera saberlo… —sonreí maliciosamente, esperaba que me dijera que era por mí.
—Por ti.

Estupendo ¿acaso no era un ser perfecto?

Me estrujó contra su pecho, rodeándome con más fuerza. Así que cerré los ojos muy contenta, y él hundió su rostro en mi pelo, al tiempo que iba pensando en sus brazos como el lugar más cálido.

La noche había caído en un abrir y cerrar de ojos, y unas pequeñas gotas de lluvia replicaban por encima del cristal, por lo que me aferré con más empeño a él.
Sabía que en cualquier momento me tendría que despedir de él, y me irritaba hacerlo, porque no quería.

— ¿Te quieres ir? —murmuró, paseando la yema por el perfil de mi rostro.

Me impacienté al escuchar decir aquello, era obvio que NO. Sentía que lo hacía con el único propósito de mortificarme.

—No —susurré con acritud, como una pequeña que insiste en obtener lo que quiere.
—Sabes a lo que me refiero… —añadió, advirtiendo mi cambio de humor.

Levantó mi barbilla y se inclinó para susurrarme al oído.

—te imaginé sin vestido.

Sentí un hormigueo cuando susurró aquellas palabras.

—Mira quién no puede esperar hasta la noche de bodas —reí.

Al fin y al cabo la noche de bodas era en un futuro no muy lejano, de hecho faltaban sólo días, pero el presente era lo que contaba ¿no?

—Si quiero.

Entonces aquella noche tuvo un escenario final —un hotel —no era un maravilloso nidito de amor, pero era el único lugar donde sólo podíamos ser Tom y Yo en la esencia más pura.

Por unos instantes el corazón se me heló, cuando sentí su cuerpo desnudo enfrascase con el mío, entre besos y caricias que se deslizaban por cada milímetro de piel. Y sentí que se contraía y dilataba con frenesí cuando los movimientos aumentaban de intensidad y el deseo cobraba voluntad propia.

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